viernes, 2 de marzo de 2012

Un árbol.


Mi árbol genealógico siempre ha estado bajo las estrellas. Así, pueblan sus raíces pastores y serenos, y mujeres desveladas soñando con la vuelta de su alma melliza. Hubo otras raíces pobladas por almas libres que soñaban bajo los astros nocturnos con la justicia; intentaron, algunos, que dejarán de soñar, trataron de envenenarlas y dejarlas secar, pero se adhirieron fuertes a la tierra y pudieron ver nuevas luces aunque fuera lejos de su hogar.

Qué mujeres aquellas que esperando fueron aliento y lucha, abrazo y motivación. Que supieron jugar su papel desde la serenidad y la paciencia, desde la resistencia y revolución  pacífica que conlleva el día a día de laborar tierras y criar hijos. Ellas fueron y son semilla, agua y abono.

Pueblan sus ramas miles de flores, primas de alma y hermanas y hermanos de corazón. Pequeños retoños surgen en una primavera constante. Y mientras mi árbol cambia, a veces, visitan sus ramas pequeñas mariposas, que se posan durante una temporada y alimentan sus flores y hojas, para más tarde emprender el vuelo. También tiene mi árbol rayos de sol que le ayudan a crecer, que le dan calor en tiempos invernales y no dejan que se hiele mi corazón. Esos rayos tienen forma de sonrisa, de caricia, de abrazo y, por supuesto, de persona.

Yo, como rama de ese árbol, me alimento de sabia. Sabia que tiene forma de amor, palabras y risa.

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