lunes, 28 de noviembre de 2011

Intensidad**


Hoy tengo algo que contar y sí me
lo permites, tú mi gran escuchador, serás el primero en saberlo.
Me dedico al trabajo social, en
otro texto esto puede ser demasiada información pero en éste se hace necesario
mencionarlo. Esta mañana tenía que realizar una visita a domicilio, herramienta
que permite valorar la situación social de las personas. Toda la noche me
debatí en un “duermevela” intranquilo ya que había quedado con un moro (no voy
a usar otra palabra más políticamente correcta porque yo cuando digo moro no lo
digo de manera despectiva,) en la estación de tren de un pueblo de Madrid.
Nunca había visto a ésta persona que nos solicitó apoyo para una familia.
Salí de casa con tiempo y en el
tren ya me sentía más tranquila como anticipando que todo iba a salir bien. En
la estación logré descifrar quién era el desconocido porque vino a saludarme,
le acompañaba otro chico más joven. Ambos me indicaron que me subiera a un
“bmw”; en ese mismo momento todos mis prejuicios saltaron por los aires en mi
cabeza: ¡Qué coño hacía yo con dos moros en un coche por un polígono! Pero creo
que siempre he pecado de confiada o me he dejado llevar por la intuición y el
caso es que me sentía muy a gusto. Durante el trayecto me dicen que la persona
a la que iba a visitar falleció ayer pero que necesitan el apoyo social y
económico.
Mis miedos, una vez más, se
dispararon: ¡qué hago yo en el domicilio de una viuda y sus cuatro hijos el día
que ha fallecido su marido y padre! Todo auguraba una situación incómoda y
difícil. Pero no, nunca me he sentido tan aceptada, tan bien recibida como hoy.
El primero en saludarme al llegar fue un pequeño de nombre muy parecido al mío,
que se ha tirado a mis brazos para besarme. Al mirar al hermano mayor de 16
años he visto unos ojos tristes intentando hacerse el fuerte, pero el coraje
apenas se hacía sitio en sus pupilas. He ido recibiendo abrazos de casi toda la
familia, hubiera podido decir que ha sido al revés, que yo he dado el consuelo,
pero creo que hoy he recibido mucho más de lo que he dado.
Como en todo bonito momento ha
existido un punto álgido; una pequeña niña de cuatro años que acababa de perder
a su papá ha sabido consolar a una mujer
de 30 años que ya nunca podrá volver a ser la misma.

3 comentarios:

  1. Pufffff!!!! Los pelos de punta, has conseguido que imagine la situación y que los sentimientos afloren. Ahora tengo que descansar para recuperarme.

    Me ha encantado el hallazgo,te seguiré de cerca.

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  2. Muchas gracias Carlos. Pediré tu apoyo, de vez en cuando, para ir dando forma a esto. soy bastante poco disciplinada en esto de la escritura. Un gran placer conocer tu blog.

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